8 de septiembre de 2012

Dejemos que Jesús toque nuestros oídos y nuestra lengua

 Hay muchos sordos en nuestro mundo, y, algunos de esos sordos nos llamamos seguidores de Jesús: Los racistas que no hemos escuchado la voz de Jesús de Nazaret que afirma que Dios es padre de todos.
No escuchamos el clamor de los hermanos que claman justicia en las diferentes situaciones de la vida.
Nos quejamos de la violencia y la inseguridad pública, pero no ponemos oído atento a las causas que están por detrás: las industrias internacionales que fabrican y venden armas y las que procesan y distribuyen la droga.
No nos detenemos a escuchar el Evangelio de Jesús. No vivimos con el corazón abierto para acoger sus palabras.
No sabemos escuchar con paciencia y compasión a tantos que sufren sin recibir apenas el cariño ni la atención de nadie.
Como Iglesia permanecemos mudos, que poco o nada iluminamos, orientamos y alentamos a las grandes mayorías en sus graves males sociales.

En el Antiguo Testamento los males que sufría el hombre se interpretaban como un castigo de Dios por sus pecados.
Tanto las desgracias individuales, como las colectivas eran consideradas como la señal de que Dios había vuelto la espalda a su pueblo.
Las enfermedades que aparecen en los evangelios representan los males que sufren los hombres por culpa de una sociedad injusta, organizada en contra del plan de Dios.
La sordera es una de estas enfermedades. En la tradición profética, la sordera o la ceguera son figura de la resistencia al mensaje de Dios; paralelamente, en el evangelio son figura de la incomprensión y la resistencia al mensaje.
Hoy presentan ante Jesús un sordo y con dificultades para hablar. Es un enfermo muy especial. Ni oye ni habla. Vive encerrado en sí mismo, sin comunicarse con nadie.
En la figura de ese sordo tartamudo, Marcos muestra la actitud de los discípulos ante la integración de los paganos en la nueva comunidad con el mismo derecho que los judíos.
La sordera de los discípulos es la ideología nacionalista y exclusivista del judaísmo: siguen manteniendo la superioridad judía y no acaban de aceptar la igualdad de todos los pueblos en relación con el Reino.
Jesús toca con sus dedos los oídos del sordomudo, levanta los ojos al Padre y exclama “Ábrete”; este gesto de Jesús hace posible que aquel hombre pueda entrar en el mundo de los demás: abra sus oídos y su corazón hacia los hermanos.

Dejar que Jesús toque nuestros oídos implica abrir el oído y el corazón a las causas que producen la violencia y la inseguridad pública. Dejar que Jesús toque nuestra lengua implica denunciar no sólo a los narcos y a los capos sino a los que fabrican y venden armas, a los que procesan y distribuyen la droga, a los que de manera profesional se dedican a matar y a todos sus cómplices.
Apoyemos el movimiento ciudadano por la paz
CCR

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