2 de julio de 2016

Todo el pueblo de Dios es misionero



Nuestras comunidades, sobre todo las más notables, se distinguen por la observancia de normas y leyes, pero la alegría no suele ser su principal distintivo.
El trabajo pastoral casi siempre está en manos de los ministros y estos tienen dificultad para confiar en los demás y el resto, en su gran mayoría siente que no son para eso.
Es queja general que falta personal para la evangelización sobre todo Catequistas, pero ni en las intenciones de la Misa, ni en la oración de los fieles se acostumbra pedir que haya más y buenas Catequistas

El texto de Isaías que leemos hoy, pertenece a un profeta posterior al destierro de Babilonia; su tarea es animar al pueblo para la reconstrucción de la ciudad que está en ruinas, del Templo que está destruido y del pueblo que está desorganizado.
 Pero hay que mirar este proyecto con una mirada nueva; este proyecto debe constituir la alegría de todos los que esperaban en las promesas de Yahvé.
El texto presenta la futura Jerusalén como una madre generosa que ofrece sus pechos para que se sacien de su alegría sus habitantes.
Jerusalén, que ha sufrido tanto, está ahora como embriagada de consuelo al sentirse protegida por Yahvé.
Ante este espectáculo, los ciudadanos de Sión sentirán que sus huesos reverdecerán como la hierba. Es la consecuencia de la alegría profunda que siente.
Y todo ello como consecuencia de que la mano de Yahvé se dará a conocer a sus siervos su omnipotencia; se manifestará plenamente en la inauguración de la nueva era mesiánica.
En la contrapartida: Los justos serán felices, mientras que los impíos, que se opusieron como enemigos a la manifestación de Dios, serán duramente castigados.
En el evangelio de hoy, después de hablarnos de las exigencias del seguimiento de Jesús, en su camino a Jerusalén, (tal vez en tierra de Samaritanos), Lucas nos refiere que Jesús envía en misión a otros setenta y dos. El número 72 significa la totalidad del pueblo de Dios.
Faltan colaboradores, personas que coordinen las múltiples y variadas actividades de los miembros de la comunidad, para que los más necesitados participen de los bienes que sobreabunden.
La comunidad ha de pedir que el Señor mande colaboradores a su campo. Pedir es tomar conciencia de las grandes necesidades que nos rodean y poner los medios necesarios.
Jesús los envía de dos en dos, formando un grupo o comunidad, con el fin de que muestren con hechos lo que anuncian de palabra: El reinado de Dios en un mundo fraterno.
Jesús insiste en que los enviados no confíen en los medios humanos. Han de compartir techo y mesa con aquellos que los acogen, curando a los enfermos que haya, liberando a la gente de todo aquello que los atormente.
La buena noticia ha de consistir en el anuncio de que «Ya ha llegado a ustedes el reinado de Dios». Empieza un orden nuevo. Nada de venganzas, nada de amenazas ni de juicios de Dios.
Sacudirse el polvo de los pies significa romper las relaciones, pero sin guardar odio..
Toda comunidad debe ser esencialmente misionera. La misión,
si se hace bien, encontrará la oposición sistemática de la sociedad.
Los enviados están indefensos. La defensa la asumirá Jesús a través del Espíritu Santo, el Abogado de los pobres
No podemos reducir el sentido de evangelizadores sólo a sacerdotes, religiosos o misioneros. Es necesario que haya gente, que tenga sentido de comunidad, que velen para que no se pierda el fruto, que lo almacenen y lo repartan.

Vivir el mensaje de las lecturas de hoy es luchar para que cambie el rostro de la Iglesia en todas sus instituciones: que desaparezca el rostro del legalismo y que impere el rostro de la alegría y la fraternidad.
Vivir las lecturas de hoy significa reconstruir, actualizar el siempre nuevo proyecto de Jesús, el Reinado de Dios.
Vivir el mensaje del Evangelio es tomar consciente que la misión es para la comunidad: cada uno, con sotana o sin sotana, con título o sin título, desde el lugar donde estemos, desde nuestra capacidad participamos por derecho y por deber en la misión.
Nadie queda exento, sólo que cada uno tiene una manera específica de participar y hay que esforzarse por unir esfuerzos y evitar la competitividad.
Vivir el Evangelio de hoy nos compromete a realizar la misión, sin esperar los resultados desde los recursos más sofisticados y ponerlo en el esfuerzo constante en unión con Jesús.
Vivir el Evangelio de hoy nos compromete a dialogar con Jesús presentándole las necesidades de nuestra comunidad, pero dispuestos a colaborar en la medida que nos corresponde
Julio 02 2016
Cosme Carlos Ríos


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