20 de diciembre de 2014

Buscar la voluntad de Dios

Con frecuencia identificamos la voluntad de Dios con nuestra propia manera de pensar y de vivir, sin una búsqueda de lo que realmente Dios quiere.
En nuestra sociedad valoramos a los grandes, a los que tienen fama, poder o riqueza y poco o nada valoramos y tomamos en cuenta a los pequeños.
La cultura machista nos ha llevado a vivir y a sentir que la mujer ha de estar sometida al varón y que su papel se reduce al hogar.

La lectura del segundo libro de Samuel nos cuenta que, deseando David edificarle una casa a Yahvé en Jerusalén, Yahvé dirigió la palabra al profeta Natán, para comunicarle que no sería David quien le edificaría una casa a Yahvé, sino que Yahvé le edificaría una casa a David.
El templo que pretendía construir David era una pretensión de encerrar a Yahvé, de tenerlo bajo su control
La profecía de Natán quiere decir que Dios le dará una descendencia a David, es decir, la permanencia del linaje de David sobre el trono de Israel.
Esta es la promesa que hace Yahvé a David y que la tradición posterior interpretará en relación con el Mesías como hijo-descendiente de David. Jesús es el Mesías esperado, en él se cumplen las promesas de Dios.
El salmo 88 es un himno al Creador seguido de un oráculo mesiánico. En este oráculo el salmista pone en boca de Dios estas palabras: “yo lo nombraré mi primogénito, altísimo entre los reyes de la tierra”.
Para comprender el Evangelio hemos de tomar en cuenta que en aquella sociedad israelita, machista y jerarquizada al máximo, María no parecía tener ninguna posibilidad de desempeñar un papel importante en la historia de la salvación.
Ella era mujer, joven, prometida a un hombre que, aunque estaba emparentado con la familia del antiguo rey David, era un pobre artesano.
María una muchacha que posiblemente no tenía ninguna instrucción, que quizá aún no había visitado ninguna vez el templo de Jerusalén y que, cuando iba a la sinagoga, tenía que quedarse, como todas las mujeres, en el portal.
A Dios le pareció bien escoger a esta muchacha para que fuera la madre del Mesías. A Dios le pareció bien concederle todo su favor. Y a ella le envió un mensajero para que le comunicara su plan. Y ella aceptó confiada.
El ángel «entra» en la casa donde se encuentra María  y la saluda: «Alégrate, favorecida, el Señor está contigo». María goza del pleno favor divino, por su constante fidelidad a la promesa hecha por Dios a Israel.
El mensajero de Dios le pide su colaboración para que sea madre y le anuncia que, en su hijo, se van a cumplir todas las promesas que Dios había hecho a sus antepasados.
Por medio de él Dios continuará su acción liberadora en favor de su pueblo y en favor de toda la humanidad.
María aceptó, pero no a ciegas: pidió algunas aclaraciones; quería saber cómo iban a suceder las cosas.
Y a pesar de todas las dificultades María respondió: «Aquí está la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que has dicho.»
La salvación, la radical liberación que Dios ofrece a la humanidad por medio de Jesús Mesías, tuvo que pasar por una mujer que, confiada, creyente, dijo que sí a Dios.
Hoy, también en la Iglesia de Jesús, la mujer sigue ocupando un papel secundario. Sin ninguna razón verdaderamente seria que justifique esa discriminación.
Adviento es tiempo de preparación, de espera de la fiesta de la Natividad, de la manifestación del Mesías.

Participar de esta fiesta es asumir el estilo de María que le dice sí a Dios, y la misma actitud de Dios que se hace pobre para nuestra salvación en la persona de Jesús de Nazaret.
Prepararnos a la Navidad significa buscar con otros y con total disponibilidad la voluntad de Dios, renunciando a imponer a otros nuestra voluntad en nombre de Dios.
Prepararnos a la Navidad significa valorar a todos los pequeños y descubrir la forma en que Dios los valora y los quiere como instrumento de su salvación
Felices pascuas de Navidad
Cosme Carlos Ríos

Diciembre 20 del 2014 

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